Manifiesto por los ríos vivos
Dicen que la basura llega al río.
La basura no llega sola.
La empujan un modelo económico, un sistema de producción y un puñado de corporaciones que durante décadas han convertido a los ríos en el último eslabón de una cadena de ganancias privadas y costos públicos.
Esta auditoría de marcas realizada en los residuos encontrados en las riberas del río Esmeraldas no encontró simplemente residuos.
Encontró firmas.
Encontró nombres.
Encontró logotipos.
Encontró la huella material de empresas nacionales y transnacionales de alimentos y bebidas que continúan inundando el país con envases desechables, plásticos de un solo uso y empaques diseñados para vivir apenas unos minutos en las manos de un consumidor y permanecer siglos en los ecosistemas.
Cada botella tiene propietario.
Cada funda tiene fabricante.
Cada envoltura tiene una empresa detrás.
Los residuos tienen responsables. Y esas marcas dejan marcas.
Marcas sobre el manglar.
Marcas sobre el océano.
Marcas sobre los cuerpos de quienes viven de la pesca, del agua y de la agricultura.
Porque el río Esmeraldas no empieza en Esmeraldas.
Empieza mucho antes. Empieza en las montañas, en las quebradas y en los ríos que alimentan la gran cuenca del Guayllabamba; en el Machángara, que durante décadas ha recibido las aguas residuales de Quito y cuya descontaminación tuvo que ser exigida por la ciudadanía incluso en los tribunales; en los afluentes que reciben la presión del relleno sanitario de El Inga; en el Chiche, en el San Pedro, en el Pisque y en tantos otros cursos de agua que atraviesan territorios profundamente transformados por la urbanización y el extractivismo. Aguas abajo, la cuenca recoge también la contaminación derivada del complejo agroindustrial florícola, con su carga de fertilizantes y plaguicidas, antes de encontrarse con el río Blanco y dar origen al río Esmeraldas, que finalmente desemboca en el Pacífico.
El río transporta mucho más que agua
Transporta las decisiones políticas de un país.
Transporta las desigualdades.
Transporta las omisiones del Estado.
Transporta las ganancias de empresas que producen millones de envases mientras trasladan a los municipios, a las comunidades y a la naturaleza el costo de recogerlos, enterrarlos o soportarlos.
Es una forma de organización de la economía.
Resulta aún más indignante que buena parte de los residuos encontrados correspondan a productos desechables cuyo uso ya debería estar restringido por la legislación ecuatoriana sobre plásticos de un solo uso. Ecuador no solo cuenta con una ley orientada a su reducción progresiva; también es uno de los pocos países del mundo que reconoce constitucionalmente los derechos de la naturaleza. Entre esos derechos está el de los ríos a existir, mantenerse y regenerar sus ciclos vitales.
Pero los derechos escritos no bastan cuando el mercado sigue gobernando sobre las aguas.
No hay proyecto basura cero posible mientras las empresas sigan produciendo envases imposibles de recuperar y continúen presentando el reciclaje como solución para un problema que ellas mismas generan.
No existe responsabilidad ambiental mientras el peso recaiga exclusivamente sobre consumidores, recicladores de base, municipios y organizaciones comunitarias.
No aceptamos que las empresas conviertan la filantropía en estrategia de marketing mientras sus marcas siguen apareciendo una y otra vez entre los residuos que asfixian nuestros ríos.
No aceptamos que se siga culpando únicamente al ciudadano que consume cuando el problema nace mucho antes: en un sistema que fabrica desechabilidad como modelo de negocio.
Consiste en disputar el modelo que la produce.
Consiste en exigir políticas públicas que reduzcan la producción de plásticos de un solo uso, fortalezcan los sistemas de reutilización y retorno, implementen una responsabilidad extendida del productor realmente vinculante y garanticen justicia ambiental para las comunidades que históricamente han cargado con la contaminación.
Porque los ríos no son alcantarillas.
No son canales de transporte de residuos.
No son infraestructura gratuita para el descarte corporativo.
Son territorios vivos.
Son sujetos de derechos.
Son memoria.
Son alimento.
Son cultura.
Son pueblos.
Y porque cada envase abandonado cuenta una historia, hoy queremos contar la otra historia: la de las empresas que siguen dejando marcas sobre nuestros ríos.
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